La biosfera, tal como dice su nombre, es la parte del planeta donde se desarrolla la vida y comprende la práctica totalidad de la superficie de los continentes y los espacios marítimos y aéreos (López Bonillo, 1997). Es pues un área de contacto, no fácil de delimitar, donde se producen diferentes combinaciones de los elementos del medio natural y donde la vida intenta adaptarse a los diferentes resultados de esta combinación: factores lumínicos, térmicos, hídricos, topográficos, químicos y mecánicos. La distribución de las especies animales y vegetales depende también de las aptitudes de cada especie, que hacen que tenga una determinada amplitud ecológica con un área de distribución más o menos grande y que puede ser variable en el tiempo.

El resultado es una organización piramidal. En la base están los vegetales, productores primarios que gracias a la fotosíntesis son capaces de sintetizar materia orgánica y que son la fuente de recursos y el hábitat del resto de organismos vivos, especialmente los herbívoros. Éstos ocupan el nivel siguiente (consumidores primarios) y son seguidos por los carnívoros (consumidores secundarios).

La cadena trófica (figura 4) se cierra gracias a los organismos encargados de la descomposición de la materia orgánica. Ésta pasa a constituir parte de la fracción orgánica del suelo, que sirve de base al desarrollo de la vegetación. Y todo este sistema funciona gracias a la energía procedente del sol.

Aunque la fauna es también muy importante, según López Bonillo (1997) la vegetación suele ocupar un lugar más destacado porque tiene una mayor estabilidad espacial. Además, la vegetación también se integra mejor con el resto de factores del medio, lo que posibilita la caracterización de áreas homogéneas. Al mismo tiempo constituye, junto con el relieve y las aguas, el componente visible del paisaje (determina en gran medida sus valores estéticos) y de su existencia y de sus características depende la vida animal.

Pero junto con los factores de origen natural que condicionan el éxito de una determinada especie para desarrollarse en un territorio, también se debe tener en cuenta la intervención humana. Las diferentes especies animales y vegetales deben hacer frente a los impactos resultantes de las actividades socioeconómicas (explotación de los bosques, fuegos, introducción de especies no autóctonas, emisión y vertidos de contaminantes, etc.). Estas acciones de origen antrópico alteran y degradan los ecosistemas naturales, hasta llegar a propiciar la desaparición de numerosas especies con la consiguiente disminución de la biodiversidad, con todo lo que ello conlleva para las mismas sociedades humanas, que se nutren de los recursos que ofrece el medio natural.