Ya se ha puesto de manifiesto en el apartado anterior la estrecha relación que existe entre el relieve y los suelos, otro sistema del medio natural. La meteorización de las rocas nutre los suelos de su parte mineral, a la que hay que añadir aire, agua y una porción de materia orgánica, los cuales les dan unos rasgos característicos. La figura 2 muestra la distribución de los diferentes componentes en un suelo ideal. Se observa que, mientras que la parte mineral es un 45% del total, la parte orgánica sólo llega al 5%.

Feliu y Gueorguieva (2003) definen el suelo como "medio multifuncional de composición compleja formado por la meteorización del lecho rocoso que lo sustenta o por aportaciones externas, que contiene una comunidad biológica propia y, en su calidad de interfase, presenta toda una serie de interacciones fisicoquímicas con el agua y el aire".

Así, tanto la creación (edafogénesis) como el desarrollo de los suelos están íntimamente relacionados con el resto de los sistemas naturales, tal como se desprende de los factores que se deben tener en cuenta en su formación: el lecho rocoso, los organismos vivos, el clima, las formas de relieve y el tiempo.

Tan importantes como el lecho rocoso, sobre el que se sustenta el suelo, son los organismos vivos, especialmente la vegetación, que aportan la parte orgánica que posibilita la formación de la capa más superficial del suelo conocida como humus. Sin suelo difícilmente puede desarrollarse la vegetación, pero sin vegetación el suelo puede desaparecer: la vegetación hace de protección frente a agentes externos como los elementos del clima que pueden provocar la erosión del suelo, la cual se acelera en el caso de pendientes importantes.

El suelo ejerce unas funciones básicas en el medio ambiente (Feliu y Gueorguieva, 2003):

• Hábitat y reserva genética (fuente de biodiversidad).

• Base de la producción de alimentos y de biomasa.

• Regula el balance hídrico entre aguas superficiales y subterráneas.

• Protege la calidad de las aguas subterráneas (filtro natural).

• Hace de sumidero del dióxido de carbono (CO2).

• Fuente de materias primas.

• Función socioeconómica y cultural.

Pero el suelo se encuentra en un equilibrio muy frágil y esta fragilidad se acentúa con la intervención de la especie humana, lo que puede suponer muy fácilmente su desaparición total en determinadas zonas.

Ante los procesos de erosión y de desertificación en todo el planeta, en 1977 se celebró en Nairobi (Kenia) la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desertificación, donde se puso de manifiesto el avance de la desertificación, con los problemas que ello conlleva, y que la acción antrópica es la responsable del 87% de las pérdidas de suelo.

Posteriormente, en el mes de noviembre de 1982 se firmó en Roma (Italia) la Carta Mundial de los Suelos, que consta de trece principios. El segundo dice:

“Reconociendo la suprema importancia de los suelos para la supervivencia y el bienestar de los pueblos y la independencia de los países y la necesidad cada vez mayor de aumentar la producción alimentaria, es absolutamente necesario dar mayor prioridad al fomento de un uso óptimo de las tierras, el mantenimiento y la mejora de la productividad de los suelos ya la conservación de los recursos edafológicos.”

Además de la pérdida cuantitativa, la degradación de los suelos también puede ser cualitativa, en forma de descenso de la fertilidad por pérdida de materia orgánica (mineralización), salinización, compactación o contaminación por vertidos (sólidos o líquidos).