Fruto de una agricultura cada vez más productiva algunos de los poblados neolíticos primitivos fueron creciendo hasta transformarse en verdaderas ciudades. Las primeras aparecieron en el llamado creciente fértil (el actual Irak). Mantener una ciudad en constante crecimiento tiene unos costes ambientales porque requiere campos de cultivo para alimentar a la población, espacio para crecer, materiales para la construcción y poder liberar del campo una parte de la población para dedicarse a tareas "no productivas" y "de mayor responsabilidad": gestionar la ciudad (legisladores), mantener el orden (primeros grupos armados) y guiar espiritualmente a la población (castas sacerdotales).

La aparición del regadío y el control de las avenidas de los ríos que aportan sedimentos fértiles, como en el antiguo Egipto, posibilitaron un incremento significativo de la producción y de la productividad de los cultivos. Esto supuso un crecimiento de la población e inevitablemente los campos de cultivo y de las ciudades para, respectivamente, alimentarla y acomodarla. Para el desarrollo de las ciudades son necesarias piedra y madera, que se extraen del entorno más inmediato y que en el segundo caso también se utiliza (leña o transformada en carbón vegetal) como combustible para cocer alimentos, dar calor y producir metales (cobre, bronce y hierro).

Las ciudades generan un sistema organizativo del territorio cada vez más complejo y no es de extrañar que muchas de estas llegaran al colapso (Diamond, 2006), debido a la imposibilidad de mantener el ritmo de crecimiento y de las necesidades que se derivan. Por primera vez los recursos disponibles se utilizan con una tasa superior a la de reposición y aparece la sobreexplotación de los recursos.

La aparición en tiempo ulterior de entidades territoriales sociopolíticas, cada vez de mayor extensión, muestra un nuevo estadio en la relación entre desarrollo humano e incidencia ambiental. La huella de la especie humana se deja sentir cada vez más en el medio natural (deforestación, erosión y salinización de suelos agrícolas), y se producen los primeros casos de contaminación del agua por una elevada concentración de población que la utiliza como recurso, pero que también utiliza los ríos como vía de evacuación de productos residuales. La caída de grandes imperios como el egipcio o el romano, además de causas socioeconómicas, también tendrá un trasfondo ambiental.

Convencionalmente con el fin del Imperio Romano se inicia la Edad Media. Se considera que en Europa supuso un retroceso o como mínimo un estancamiento tanto en cuanto a la actividad comercial y económica como en cuanto a la evolución de la población. En consecuencia se puede afirmar que la incidencia sobre el medio ambiente durante los primeros siglos de vigencia del nuevo sistema feudal, sustituto del esclavista, no aumentó. Ahora bien, a finales del siglo IX se inicia un nuevo período de expansión propiciado por las buenas condiciones climáticas (óptimo climático medieval), que mejoran los rendimientos de los cultivos, posibilitan el crecimiento de la población y se produce la colonización de nuevas tierras y la expansión de la agricultura a costa de la deforestación de gran cantidad de masas boscosas en que la leña directamente o bien transformada en carbón vegetal, tal y como se muestra en la copia del siglo XV de un Códice del siglo XIII, sigue siendo utilizada en la metalurgia. Pero por cada tonelada de hierro producido se necesitaban alrededor de ocho toneladas de carbón vegetal.

Figura 2.6. Elaboración de carbón vegetal

 

Fuente: © Fundació Institut Amatller d’Art Hispànic. Arxiu Mas

En la Edad Media se produjeron numerosas crisis de subsistencia debidas a malas cosechas, guerras y pandemias. La más conocida de todas es la peste negra (muerte negra) que, con origen en Oriente Próximo, asoló la Europa de mitad del siglo XIV con unos 20-25 millones de muertes, lo que detuvo el crecimiento de la población.

Aunque la llegada definitiva de los europeos al continente americano se produce a finales del siglo XV, es a partir del siglo XVI que podemos hablar de un nuevo periodo: la era de los descubrimientos. Las mejoras técnicas y tecnológicas, especialmente en la navegación, propiciaron el descubrimiento de nuevas tierras y la posterior incorporación de nuevos alimentos en la dieta del viejo continente, entre los cuales hay uno muy importante como es la patata. Al mismo tiempo, estas nuevas tierras fueron explotadas intensivamente por la minería. Como consecuencia, en Europa se generó una presión aún más importante sobre los bosques, ya que la utilización de la leña para cocinar y hacer carbón vegetal había de añadir la madera destinada a la construcción de las flotas de barcos que se dirigían a las nuevas tierras con personas, animales y bienes de consumo y que volvían a Europa con materias primas.

Figura 2.7. Representación de la batalla entre la Armada Invencible y la flota inglesa en el año 1588

 

Fuente: National Maritime Museum (Londres)

 

Los nuevos cultivos introducidos propiciaron un crecimiento demográfico que conllevó una mayor presión sobre el entorno y una parte del excedente de población generado se dirigió hacia el nuevo continente buscando las oportunidades que aquí no disponía. Además, a la sobreexplotación de los recursos que en muchos casos se produjo en América hay que añadir la llegada, junto con los colonos, de plantas y animales que no existían en el nuevo continente. Entre estos últimos se deben mencionar las ratas y algunos parásitos, que comportaron la aparición de enfermedades contagiosas a las que las poblaciones autóctonas no pudieron hacer frente y que causaron estragos con grandes mortandades.