El agua de lluvia que llega al suelo y no se evapora también puede infiltrarse hacia el interior de la tierra y puede llegar a formar los acuíferos, es decir agua situada entre materiales porosos y permeables y que se encuentra por encima de un material impermeable que le hace de soporte.

Durante su recorrido, el agua situada en los acuíferos (velocidad mucho más lenta que la del agua en superficie) puede recargar cursos fluviales (cursos que también pueden servir de canales de recarga) o bien desaguar en el mar. En este caso se denominan acuíferos libres. En cambio, si por encima del acuífero hay una capa de materiales impermeables llama acuífero confinado.

Se calcula que las aguas subterráneas suponen un volumen de unos 8 millones de km3 de agua. Una gran parte no es accesible, aunque la más cercana a la superficie ha sido aprovechada desde la antigüedad mediante los pozos. Actualmente, y gracias a las mejoras tecnológicas, se está produciendo un mayor aprovechamiento de este recurso para todo tipo de usos (urbano-residencial, agrícola, industrial y turístico), que en muchos casos es del todo insostenible. Como consecuencia de esta sobrexplotación algunos de estos acuíferos se están agotando o ya se han agotado, ya que tienen un volumen de recarga inferior al de la extracción, lo que también repercute en las zonas húmedas de la superficie y en los ríos, que para mantener el caudal necesitan el agua aportada por los acuíferos.

Esquema de la circulación de agua en un acuífero

Fuente: Environment Canada, 2001