La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el concepto salud como "un estado completo de bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de enfermedad". La misma OMS afirma que tener buena salud es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano. Por su parte, Girbau y Salas (2000) definen el concepto salud como "un proceso de equilibrio o armonía entre las diferentes dimensiones que componen la persona y entre ésta y su entorno". Está claro que en este proceso se producen altibajos durante los cuales la mayoría de los humanos tenemos comprometida, en mayor o menor medida, nuestra salud. En muchos casos la muerte suele ser el resultado del fracaso en este intento de lograr el equilibrio.

¿Cuáles son los principales factores determinantes de nuestra salud?

Básicamente son cuatro: factores genéticos asociados a la herencia genética de nuestros antecesores, factores relacionados con nuestro estilo de vida, factores relacionados con el sistema sanitario y factores ambientales. Estos factores los estableció Marc Lalonde (Informe Lalonde, 1981) cuando era ministro de salud de Canadá. En este informe se decía que en Canadá un 43% de las muertes eran debidas al estilo de vida, un 27% al factor genético, un 19% al medio ambiente y un 11% al sistema sanitario. En cambio el 90% de los recursos destinados a temas de salud se dedicaban al sistema sanitario y sólo un 7% a la cuestión genética, un 1,6% a cuestiones ambientales y el restante 1,4% a los aspectos relacionados con el estilo de vida de la población. Estas eran las cifras obtenidas para un país concreto y hace más de treinta años.

La Organización Mundial de la Salud suele diferenciar las causas de la muerte entre transmisibles, no transmisibles y traumáticas. Según el informe de la Organización Mundial de la Salud sobre la salud en el mundo en el año 2008 (OMS, 2009) el proceso de urbanización, el envejecimiento y los nuevos estilos de vida están provocando que las enfermedades crónicas y no transmisibles (depresión, diabetes, enfermedades cardiovasculares y cáncer) y los traumatismos sean una causa cada vez más importante de morbilidad y mortalidad. Las enfermedades no transmisibles están reemplazando las infecciosas, las perinatales y las relacionadas con la maternidad. De este modo, según la OMS seis de cada diez muertes en el mundo son debidas a causas no transmisibles, tres a transmisibles o nutricionales y una en traumatismos.

Cuadro 1.1. Distribución de los años de vida perdidos según la causa (2007)

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la OMS

El cuadro 1 muestra la distribución de los años de vida perdidos por muerte prematura teniendo en cuenta la causa en diferentes países del mundo. Se pueden ver diferencias significativas. Así, en los países europeos seleccionados, en EEUU y en Japón las causas transmisibles están por debajo del 10%, mientras que representan más de la mitad en Bolivia, en la India y en los países africanos de la muestra, con Malawi a la cabeza (87%). Las cifras se invierten en las causas no transmisibles. Mientras que en Bulgaria, Alemania, Suecia y España se supera el 80%, en Malawi y Angola sólo representan un 8% y un 11% del total respectivamente. Las causas traumáticas tenían un peso muy importante en Colombia (44%) y especialmente en Sri Lanka (62%). Finalmente cabe destacar dos países, Brasil e Irán, donde se produce una mayor equidistribución de las causas. Ambos países superan el 25% con respecto a causas transmisibles, la mitad o casi la mitad de las muertes son atribuibles a causas no transmisibles y tienen un porcentaje destacado de años de vida perdidos por causas traumáticas (20% y 25%, respectivamente).

Si nos centramos en los aspectos ambientales de la salud, no hay ninguna duda que en paralelo a la degradación del medio ambiente este condicionante sigue siendo muy importante en cuanto a la salud de los humanos. El texto de Hipócrates de hace unos 2.400 años que lleva por título Sobre los aires, las aguas y los lugares ya incidía en la relación entre la calidad de la atmósfera y de las aguas, y entre el clima y disfrutar de una buena salud. El Dr. José Miguel Raso, climatólogo de la Universidad de Barcelona, en el capítulo introductorio de su libro El clima y la salud (2007) expone diferentes ejemplos a lo largo de la historia en la que se pone de manifiesto la relación entre contaminación ambiental y falta de salud. Esta contaminación y degradación del entorno es atribuible en gran parte al aumento de la población, el crecimiento de las áreas urbanas y en las diferentes actividades humanas.

Nuestros pulmones reciben el aire del exterior que hemos inspirado para transmitir el oxígeno en la sangre. El aire debe tener una buena calidad porque respirarlo no comprometa nuestra salud. Con este objetivo se han establecido umbrales de inmisión y mecanismos de control de estas inmisiones. Pero además de por vía respiratoria del aire contaminado por sustancias tóxicas puede afectar a nuestra salud por vía dérmica.

La calidad del agua, recurso básico para la especie humana, se puede ver degradada muy fácilmente por la incorporación en el medio acuático de sustancias contaminantes y tóxicas. Bebemos agua, pero el agua también se utiliza para cocinar los alimentos y para nuestra higiene personal, razón por la cual la buena calidad del agua -especialmente el agua corriente pero también los cursos fluviales, los lagos, las aguas subterráneas y los mares- debe ser analizada periódicamente. Una enfermedad muy grave relacionada con la ingesta de agua contaminada es el cólera, todavía hoy en día muy presente en diferentes países del mundo (figura 1.3).

 

Los alimentos también se pueden ver contaminados directamente por la utilización a gran escala de productos fitosanitarios, a través de la cadena trófica o bien por una mala praxis a la hora de manipularlos. En el caso de los alimentos, la afectación de la salud se produce por vía oral, mientras que con el agua puede ser tanto por vía oral como dérmica.

La mala gestión de los residuos municipales y de las aguas residuales puede acarrear problemas de salubridad graves, con la aparición de infecciones y enfermedades transmitidas por insectos (mosquitos, pulgas, garrapatas, etc.) O bien por roedores.

Nuestro cuerpo necesita descansar y dormir durante un número mínimo de horas al día. Muchas veces el hecho de dormir pocas horas se debe al estilo de vida, pero en otros casos no descansar lo suficiente puede ser debido al ruido producido por el tráfico, las actividades económicas o las actividades recreativas (contaminación acústica). Aunque las definiciones de ruido son poco precisas, se han establecido una serie de umbrales máximos de ruido (expresados en decibelios) que dependerán de la hora del día y de la sensibilidad de la zona. Por esta razón en cada territorio se definirán cuáles son las zonas de sensibilidad alta, media y baja.

La salud, especialmente la mental, también se puede ver comprometida por el hecho de vivir y trabajar en entornos poco adecuados. En el primer caso la pérdida de salud viene dada por el llamado síndrome del edificio enfermo, término acuñado por la Organización Mundial de la Salud en 1998. Las causas por las que un edificio puede convertirse en "enfermo" son diversas, tal como afirman Girbau y Salas (2000):

a) deficiencias en el mantenimiento de los sistemas de climatización con la aparición de agentes biológicos

b) utilización de materiales tóxicos en la construcción de los edificios (agentes químicos)

c) construcción deficiente que genera ruidos internos, iluminación inadecuada, temperaturas y humedades inapropiadas o bien olores provenientes de la red de alcantarillado (agentes físicos).

Estos mismos agentes también se pueden manifestar en el lugar de trabajo y agravarse en el caso de trabajos en los que se manipulen productos contaminantes, tóxicos o peligrosos, o se esté en contacto.

¿Cuáles pueden ser las consecuencias sobre la salud de la mala calidad de nuestro entorno?

Los efectos dependerán del tipo de sustancia, de la cantidad, del tiempo de exposición, de la vía de entrada al organismo y del estado previo en que se encuentra el organismo. El objetivo es intentar minimizar los efectos producidos por la contaminación y utilizar los recursos de que se dispone para hacer frente a la enfermedad tan pronto como sea posible.

La lista de efectos es larga, pero se pueden destacar varios: tos, fatiga, falta de concentración, somnolencia, vómitos, irritación de las mucosas, alteraciones cutáneas, gastroenteritis, esterilidad, dificultades respiratorias, neumonía, alteraciones cardíacas, cáncer o directamente la muerte.

Un estudio elaborado por el Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental de Barcelona ha puesto de manifiesto que la contaminación atmosférica es la responsable de 3.500 muertes anuales únicamente en el área metropolitana de Barcelona (Pérez et al., 2009). En este estudio se afirma que la reducción de la concentración de estos contaminantes, especialmente en partículas de un diámetro superior a 10 μ (PM10) a los niveles aconsejados por la Organización Mundial de la Salud (20 μg/m3), tendría como consecuencia un aumento medio de la esperanza de vida de 14 meses. Además, también debe tenerse en cuenta el ahorro económico en sanidad y el menor número de ingresos hospitalarios por causas cardiorrespiratorias que esta disminución supondría.

Disponer de un entorno de calidad tendría como consecuencia una reducción de los problemas de salud asociados al ambiente. Pero el factor ambiental no se limita únicamente a los efectos que tiene la degradación de este ambiente sobre la salud humana. También hay que tener en cuenta que existen ambientes no modificados por los humanos donde la salud de sus habitantes se encuentra comprometida de manera muy importante. Nos referimos a aquellas enfermedades infecciosas que tienen como vectores de transmisión insectos que únicamente viven en territorios con unas determinadas condiciones ambientales, básicamente con temperatura y humedad elevadas. Algunos de los ejemplos más conocidos son la malaria, el dengue o la fiebre amarilla. En estos casos, para combatir estas enfermedades se hace necesario modificar el entorno. Según la OMS, en el año 2012 hubo unos 200 millones de afectados por malaria, con 6600.000 muertes, lo que supone una reducción del 25% respecto a años anteriores. El diagnóstico y el tratamiento a tiempo con medicamentos pueden reducir significativamente la mortalidad y el control de los mosquitos transmisores puede reducir la morbilidad.

Se ha dejado para el final una enfermedad que, a pesar de no tener causas ambientales, en muchos países supone un freno al desarrollo. Se trata del VIH/SIDA, acrónimos de virus de la inmunodeficiencia humana y del síndrome de inmunodeficiencia adquirida, respectivamente. Se trata de un virus que afecta a las células del sistema inmunitario, que se va deteriorando progresivamente hasta que llega a un grado de inmunodeficiencia que es aprovechado por una serie de infecciones llamadas oportunistas, a las que el cuerpo no puede hacer frente porque está debilitado. El término SIDA se aplica a los estadios más avanzados de la infección por VIH y se define por la presencia de alguna de las más de veinte infecciones oportunistas relacionadas con el virus. La Organización Mundial de la Salud cuantificó en casi 40 millones de personas las infectadas por el VIH en 2006 y más del 60% se encuentran en África subsahariana. Las causas principales de transmisión del VIH son la utilización compartida de agujas o jeringuillas, las relaciones sexuales con una persona infectada y la transfusión de sangre contaminada. También se puede transmitir de madres a hijos durante el embarazo, el parto o la lactancia. En 2007 la tasa de mortalidad por VIH/SIDA en Zimbabwe fue del 10,5 ‰ y en la República de Sudáfrica del 7,2 ‰.

¿Cuál es la respuesta de los gobiernos a todas estas enfermedades?

 

¿Qué porcentaje del PIB es destinado a salud?

El cuadro 2 muestra el gasto total en salud como porcentaje del PIB y el gasto público en salud por cápita de los mismos países. Se pueden ver diferencias muy importantes, especialmente en lo que se refiere al gasto público en salud por cápita. En los Estados Unidos de América este gasto fue de 3.076$, aunque el ranking está encabezado por Luxemburgo, con 4.992$ por habitante. Aunque no aparecen en este cuadro, en países como Burundi, Eritrea, Ghana, Liberia o la República Democrática del Congo este gasto es inferior a los 10$ por habitante.

Cuadro 1.2. Gasto total en salud como porcentaje del PIB y gasto público en salud per cápita (2006)

 

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la OMS

 

Una sociedad saludable es sinónimo de desarrollo, pero como se ha dicho al inicio de este apartado las causas ambientales no son las únicas responsables de un mejor o peor estado de salud. Por esta razón las herramientas para conseguir una sociedad saludable y que posibilite el propio desarrollo son: invertir en investigación médica para dar respuesta a las enfermedades, hacer llegar las mejoras conseguidas a los países menos desarrollados económicamente, disponer de unos servicios sanitarios de primer nivel que lleguen a todos los segmentos de la población (sanidad universal), cooperar con los países que tienen estos servicios menos desarrollados, apostar por un estilo de vida saludable y proteger el medio ambiente.

Tal como se pone de manifiesto en el título 54 del Plan de Aplicación de Decisiones de la Cumbre sobre Desarrollo Sostenible celebrada en Johannesburgo (República de Sudáfrica) en el año 2002, y que forma parte del capítulo VI dedicado a salud y desarrollo sostenible:

Hay que aumentar la capacidad de los sistemas de atención de la salud para prestar servicios a todos de manera eficiente, accesible y asequible con el objetivo de prevenir, contener y tratar enfermedades, además de reducir las amenazas para la salud derivadas del medio ambiente, teniendo en cuenta los informes de las conferencias y cumbres recientes de las Naciones Unidas y los períodos extraordinarios de sesiones de la Asamblea General, de conformidad con las leyes nacionales y los valores culturales y religiosos del país.