Tal como se recoge en la introducción de este módulo, la especie humana ha hecho uso de los recursos naturales disponibles de acuerdo con su capacidad de conseguirlos y de aprovecharlos. Recursos naturales algunos de los cuales son imprescindibles para nuestra supervivencia, al igual que también lo son para las otras especies con las que compartimos el planeta Tierra. Una parte de los recursos que utilizamos se consideran renovables porque sus ciclos de regeneración quedan por debajo de su tasa de extracción, mientras que otros, como los combustibles fósiles (petróleo y carbón principalmente), se agotan progresivamente a medida que hacemos uso de ellos, debido a unas tasas de extracción y utilización muy elevadas.

La gran mayoría de los países desarrollados económicamente han conseguido sus niveles de vida actuales gracias a la quema de combustibles fósiles, sobre todo a partir de la revolución industrial. De esta forma, además su agotamiento progresivo, de tener un precio altamente vulnerable a las inestabilidades sociopolíticas de los países productores y de los potenciales impactos ambientales generados durante su extracción y transporte, en su quema se emiten grandes cantidades de gases de efecto invernadero (CO2, CH4, etc.) que provocan la alteración del balance de radiación terrestre y un aumento de la temperatura (calentamiento global), la alteración de los diferentes elementos del sistema climático y todo un conjunto de impactos sobre los ecosistemas naturales y las actividades socioeconómicas: el cambio climático.

Otra fuente de energía controvertida es la nuclear, el principal aspecto positivo de la misma es que no se emiten gases de efecto invernadero durante el proceso de generación. Sin embargo, presenta importantes inconvenientes, como la generación de residuos radiactivos y el riesgo de accidente fruto de su propia actividad. Cabe recordar el accidente nuclear de Chernóbil (Ucrania) en 1986 o, ya más recientemente, el accidente nuclear de Fukushima (Japón), este último como consecuencia del tsunami que afectó la costa oriental del archipiélago japonés en el año 2011. Relacionado con esto, hay que decir que existe un amplio sector de la ciudadanía que se muestra contrario a este tipo de producción energética.

Con el fin de conseguir energía sin ocasionar graves perjuicios, se han desarrollado tecnologías más "verdes" (con menor impacto ambiental) que permiten generar energía de una manera más limpia. Ejemplos de ello son la energía solar o la eólica, que se han ido desarrollando poco a poco, mejorando su eficiencia progresivamente, pero que siguen necesitando inversiones y un mayor apoyo por parte de las administraciones públicas. Es paradójico el hecho de que en países como Alemania, con un número mucho menor de horas de sol que España, la potencia instalada para el aprovechamiento de la energía fotovoltaica supere con creces la española.

Hay que decir que aparte de decidir qué tipo de energía es la más adecuada bajo un criterio de sostenibilidad ambiental, hay que reflexionar también sobre nuestro consumo. Los países "desarrollados" presentan un consumo energético infinitamente superior al de aquellos que se encuentran en vías de desarrollo. Por tanto, una parte importante de este reto energético será el de reducir el consumo, así como también el de mejorar la eficiencia en la producción de energía.

 

Por lo tanto, ha de hacerse incidencia en que el modelo energético actual representa el paradigma de la insostenibilidad. No podemos seguir con el actual ritmo de explotación de los recursos naturales, incluyendo los energéticos. Por todo ello, se hace del todo necesario llevar a cabo un cambio profundo, de tipo estructural. Las fuentes de energía renovables deben tener un mayor peso dentro del llamado "pastel energético" y se debe apostar de forma inequívoca por una disminución del consumo per cápita, especialmente en los países más desarrollados, en paralelo al aumento de la eficiencia en la producción energética.